el-lector-libroCasi todo lo que sucede en El lector de Bernhard Schlink es gris. La época es gris: una Alemania sumida en el régimen nazi que me muestra un ambiente sombrío, triste, decaído. Los personajes son grises también: una mujer de más de 30  años con un presente misterioso y un pasado indescifrable que comienza una relación con un chico de 15. El también es ceniciento. Es un joven que se enamora de una mujer mucho mayor y comienza una historia llena de pasión que duraría más tiempo que el que pasaron juntos.

Pero lo que no es gris es la manera en que está redactado el libro. El lector es transparente por donde se lo mire. El autor retrata las situaciones más cotidianas con precisión como si fuesen imágenes únicas. Se sienten las emociones del chico (devenido protagonista del libro),  los climas, el ambiente y las sensaciones que experimentan cuando están juntos los dos.

Michael comienza una relación con Hanna después de un primer encuentro en un tranvía. La pareja sólo duraría un verano, pero no sería la última vez que se verían. El joven se reencuentra con ella  mientras estudia  derecho y decide asistir a un juicio donde se condenaba a mujeres que habían colaborado con los nazis. Allí estaba Hanna, en el banquillo de las acusadas.

Una serie de averiguaciones y nuevos datos le dan a la historia un curso inesperado. La experiencia de Michael se hace personal y uno quiere seguir averiguando que es lo que pasará unas hojas más adelante.

La historia, repito, parece sencilla a simple vista. El mérito no está en los personajes o las situaciones rebuscadas. Pero quien lo lea se encontrará con un relato que es compacto: no deja ninguna duda al azar. Al cerrar la contratapa, Schlink no deja que ningún detalle se le escape. Tal vez porque el autor es juez y no le gusta dejar aspectos sin resolver. El lector es un caso cerrado.

Georgina Marrapodi

CRÉDITOS DE LA IMAGEN

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